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La Alondra y El Campesino

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  Una alondra había tenido sus polluelos muy tarde y estaba escondida con sus crías entre las espigas ya casi maduras, con el temor de que vinieran a segar eltrigo antes de que sus hijos estuvieran preparados para alzar el vuelo.

  Cuando tenía que ausentarse, recomendaba a sus polluelos que tuvieran las orejas bien abiertas y que le contaran todo lo que oyeran.

  Una tarde al regresar, encontró a sus hijos presas del terror.

  -El dueño del campo -contó el mayor- ha dicho a sus hijos que llamen a sus amigos para que vengan mañana a ayudarlos a segar.

  -¿Sólo eso? -sonrió la alondra-. No te asustes: verás como no pasa nada.

  Efectivamente, a la mañana siguiente, los amigos no se presentaron. El campesino volvió a invitarlos para el día siguiente y la alondra tampoco se preocupó… hasta el día en que oyó al campesino decir a sus hijos: -¡Basta! Mañana haremos nosotros solos la siega. Cuando se trata de trabajar, no se puede contar con los amigos.

  Entonces la alondra tomó a sus crías y salió volando rápidamente, sin un instante más de dilación.

Jean De La Fontaine 

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